Fuente:Diariolibre/Por Eduardo García Michel.-De vez en cuando se levantan voces que pronostican el derrumbe del capitalismo.
En el fondo se trata de comprobar si la economía de mercado seguirá imponiendo su lógica, muchas veces irracional, casi siempre inhumana; o si, en cambio, será sustituida por un sistema diferente que no se alcanza a visualizar, dado el desplome clamoroso de la planificación centralizada.
Nadie sabe en que desembocará la economía mundial, pero de sus males actuales podría pronosticarse que algunas áreas probablemente serán objeto de reforma. Y entre ellas, de seguro, se encontrará la monetaria.
Hubo una vez en que las monedas se emitían en función de la disponibilidad de un bien aceptado como depósito de valor, verbigracia el oro. Así, cada moneda circulaba dependiendo de la cantidad de respaldo que tuviera. Por ejemplo, en 1947 el peso dominicano se definía equivalente a determinado contenido en onzas troy de oro, que era su paridad, que coincidía con la del dólar. Por eso se llamaba peso oro y equivalía a un dólar.
Igual ocurría con otras monedas de reserva como la libra esterlina, el marco alemán, el franco francés, y las demás, cuya paridad se establecía directamente frente al oro, lo que determinaba indirectamente la equivalencia entre ellas.
En la medida en que Estados Unidos, poseedor de la principal moneda de reserva dentro del patrón oro-dólar posterior a la segunda guerra mundial, pasó a convertirse en deudor en vez de acreedor y su moneda inundó el mercado, se hizo evidente que la emisión de dólares no respondía a la definición establecida.
Cuando en los años sesenta del siglo XX el general De Gaulle reclamó a Estados Unidos la conversión en oro de sus tenencias de dólares, se acrecentó la desconfianza, y posteriormente el dólar tuvo que ser devaluado frente al oro, lo que provocó el desmantelamiento del sistema de paridades fijas de Bretton Woods, y su sustitución por un sistema monetario de libre flotación en el que cada país emite su moneda en plena libertad y la paridad la establece día a día el mercado.
Eso ha traído inestabilidad y aumentado significativamente la liquidez internacional, que se mueve de continente a continente causando vaivenes inesperados en la actividad económica. Esos vaivenes a veces hacen renacer a países con economías ficticias, al inundarse del nuevo maná que brota de las manos de especuladores atraídos por rendimientos altos, y hunden a otros con fundamentos sólidos, porque a veces simples rumores, sin consistencia, empujan el ánimo especulativo, y el afán por ganancias fáciles y rápidas destruye, en un abrir y cerrar de ojos, el esfuerzo de años.
Por tanto, en algún momento habrá que volver a un sistema más estable en que la emisión de monedas responda a algún patrón universal concertado.
Eso es lo que explica la reciente queja de Dilma Rousseff, presidente de Brasil, quién exclamó en la Cumbre de las Américas que "Los países más desarrollados han reaccionado (a la crisis global), con una expansión monetaria que provocó un tsunami financiero en nuestros países. Son nueve billones de dólares inyectados a la economía mundial, que valoriza nuestras monedas, las convierte en un obstáculo para el comercio de bienes y servicios y nos hace presa fácil de un proceso de desindustrialización".
Es decir, la montaña artificial de liquidez monetaria que circula en busca de ganancias, aprecia las monedas cuando llega en busca de mejores rendimientos, pero también las hunde cuando existen factores de riesgo reales o imaginarios que puedan afectarla, todo lo cual castra el proceso ordenado de crecimiento económico.
Aunque nadie lo menciona ahora, la crisis global no empezó en el mercado hipotecario con la aparición de la burbuja, ni en el financiero con los derivados inorgánicos, y ni siquiera en el déficit público y deuda soberana acumulada, todos los cuales son posteriores al fenómeno incesante de expansión monetaria.
La crisis empezó a gestarse paulatinamente en la misma medida en que la creación autónoma de dinero fue expandiendo la demanda mundial, en un proceso en que la emisión monetaria sin respaldo, permitió adquirir activos financieros y reales, en el equivalente a lo que en la conquista de América constituyó el intercambio de espejos por pepitas de oro que, en esencia, ha transferido riqueza desde el mundo subdesarrollado al desarrollado.
El eslabón necesario ha sido el libre movimiento de capitales, que hizo posible encontrar colocación a los excedentes monetarios. Y luego los desequilibrios en las cuentas externas, que han podido ser generados, y ser así financiados. Y después, las burbujas financiera e inmobiliaria, que han terminado por llevar al mundo a esta terrible crisis.
Tal vez llegue un día en que la circulación de monedas responda a límites precisos. Esa podría ser la base de la estabilidad futura de la economía mundial.
En el fondo se trata de comprobar si la economía de mercado seguirá imponiendo su lógica, muchas veces irracional, casi siempre inhumana; o si, en cambio, será sustituida por un sistema diferente que no se alcanza a visualizar, dado el desplome clamoroso de la planificación centralizada.
Nadie sabe en que desembocará la economía mundial, pero de sus males actuales podría pronosticarse que algunas áreas probablemente serán objeto de reforma. Y entre ellas, de seguro, se encontrará la monetaria.
Hubo una vez en que las monedas se emitían en función de la disponibilidad de un bien aceptado como depósito de valor, verbigracia el oro. Así, cada moneda circulaba dependiendo de la cantidad de respaldo que tuviera. Por ejemplo, en 1947 el peso dominicano se definía equivalente a determinado contenido en onzas troy de oro, que era su paridad, que coincidía con la del dólar. Por eso se llamaba peso oro y equivalía a un dólar.
Igual ocurría con otras monedas de reserva como la libra esterlina, el marco alemán, el franco francés, y las demás, cuya paridad se establecía directamente frente al oro, lo que determinaba indirectamente la equivalencia entre ellas.
En la medida en que Estados Unidos, poseedor de la principal moneda de reserva dentro del patrón oro-dólar posterior a la segunda guerra mundial, pasó a convertirse en deudor en vez de acreedor y su moneda inundó el mercado, se hizo evidente que la emisión de dólares no respondía a la definición establecida.
Cuando en los años sesenta del siglo XX el general De Gaulle reclamó a Estados Unidos la conversión en oro de sus tenencias de dólares, se acrecentó la desconfianza, y posteriormente el dólar tuvo que ser devaluado frente al oro, lo que provocó el desmantelamiento del sistema de paridades fijas de Bretton Woods, y su sustitución por un sistema monetario de libre flotación en el que cada país emite su moneda en plena libertad y la paridad la establece día a día el mercado.
Eso ha traído inestabilidad y aumentado significativamente la liquidez internacional, que se mueve de continente a continente causando vaivenes inesperados en la actividad económica. Esos vaivenes a veces hacen renacer a países con economías ficticias, al inundarse del nuevo maná que brota de las manos de especuladores atraídos por rendimientos altos, y hunden a otros con fundamentos sólidos, porque a veces simples rumores, sin consistencia, empujan el ánimo especulativo, y el afán por ganancias fáciles y rápidas destruye, en un abrir y cerrar de ojos, el esfuerzo de años.
Por tanto, en algún momento habrá que volver a un sistema más estable en que la emisión de monedas responda a algún patrón universal concertado.
Eso es lo que explica la reciente queja de Dilma Rousseff, presidente de Brasil, quién exclamó en la Cumbre de las Américas que "Los países más desarrollados han reaccionado (a la crisis global), con una expansión monetaria que provocó un tsunami financiero en nuestros países. Son nueve billones de dólares inyectados a la economía mundial, que valoriza nuestras monedas, las convierte en un obstáculo para el comercio de bienes y servicios y nos hace presa fácil de un proceso de desindustrialización".
Es decir, la montaña artificial de liquidez monetaria que circula en busca de ganancias, aprecia las monedas cuando llega en busca de mejores rendimientos, pero también las hunde cuando existen factores de riesgo reales o imaginarios que puedan afectarla, todo lo cual castra el proceso ordenado de crecimiento económico.
Aunque nadie lo menciona ahora, la crisis global no empezó en el mercado hipotecario con la aparición de la burbuja, ni en el financiero con los derivados inorgánicos, y ni siquiera en el déficit público y deuda soberana acumulada, todos los cuales son posteriores al fenómeno incesante de expansión monetaria.
La crisis empezó a gestarse paulatinamente en la misma medida en que la creación autónoma de dinero fue expandiendo la demanda mundial, en un proceso en que la emisión monetaria sin respaldo, permitió adquirir activos financieros y reales, en el equivalente a lo que en la conquista de América constituyó el intercambio de espejos por pepitas de oro que, en esencia, ha transferido riqueza desde el mundo subdesarrollado al desarrollado.
El eslabón necesario ha sido el libre movimiento de capitales, que hizo posible encontrar colocación a los excedentes monetarios. Y luego los desequilibrios en las cuentas externas, que han podido ser generados, y ser así financiados. Y después, las burbujas financiera e inmobiliaria, que han terminado por llevar al mundo a esta terrible crisis.
Tal vez llegue un día en que la circulación de monedas responda a límites precisos. Esa podría ser la base de la estabilidad futura de la economía mundial.
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